Ir al contenido principal

Revista Zero. Julio 2014.

0118

La Mendoza que desconocemos.

Por @chanchoalado

“Ernst Gomez Bonaqua y su perro sin marrón” vendió 132.473 copias y colapsó durante 43 minutos el local de Ellior, sobre Avenida San Martin, al lado de Casa TIA, generando todo tipo de disturbios, entre los que se recuerda el cinematográfico escape de Cristián Bernabé Zúñiga, veterano cajero del Banco de Mendoza, que intentó colarse y termino corriendo semidesnudo y cubierto de sangre por calle Buenos Aires hacia el este perseguido por una turbamulta enardecida.

Ernst Gomez Bonaqua llegó a Mendoza en 1948 con 4 años de edad. Su madre, Helga Scheißkerl había muerto durante el cruce de la cordillera a lomo de mula y su cuerpo fue traído a Mendoza para darle cristiana sepultura. Su padre, Genaro Bonaqua, debió hacerse cargo de su nueva vida en Argentina, y de su pequeño hijo Ernst, al que bautizaran con el segundo nombre de Gomez, en honor al apellido del párroco de la iglesia Der Heilig Spieler, de la colonia alemana “Freudig Gaskammer”, en Santiago.

Los primeros tiempos de los Bonaqua en Mendoza fueron muy duros, sin trabajo y sin papeles, los días pasaban lentos como caca resbalando por un parabrisas. Genaro Bonaqua hizo lo que pudo para mantener en buenas condiciones a Ernst Gomez y asegurarle una educación y un techo. Un padre amoroso, responsable, que trabajó como mozo, lustrabotas, repartidor de soda, chofer de carro atmosférico, repositor de carro atmosférico, vaciador de acequias y sobador de viejas con gota. Todos estos conchabos iban alternados con períodos de desocupación en los que padre e hijo debían rebuscárselas para sobrevivir. En junio de 1956, a cambio de la limpieza periódica de los pliegues abdominales de su postrada y obesa esposa, el Maestro Luis Patricio Mingiaflora comienza a darle a Ernst clases de guitarra y música: solfeo y armonía. Esto le trajo muchos problemas con su padre, que al enterarse, estuvo con un pico de presión por la rabia que le produjo saber que su hijo no sólo no cobraba dinero alguno por su trabajo, sino que lo canjeaba por una actividad que para él era fútil e innecesaria.

A comienzos de la década del 60, un amigo de Genaro, le ofrece hacerse cargo de un puesto de chivos en la zona de Canota, esto le garantizaba un ingreso, comida y estabilidad para él y su hijo Ernst, que crecería rodeado de naturaleza y paz. Aquel invierno de 1961, el más duro que se recordara en Mendoza desde 1822, Genaro y Ernst se instalaron en el puesto “Las Verijas”, en cuya entrada colocaron una cruz con el nombre Helga, en honor a su amada esposa y madre.

Los días de Ernst pasaban entre juntar la manada de chivos, limpiar los corrales, llevar agua desde el arroyo a la casa, ayudar a su padre con la mecánica del motor Willys Continental, de 6 cilindros de 3.707 cc de su Estanciera y, sobretodo, en sus ratos libres tocar la guitarra. Esto era lo único que hacia realmente feliz a Ernst Gomez Bonaqua. El joven de 17 años llenaba su soledad de música en los cerros y de vez en cuando se frotaba con una cabra medio zaina que le proporcionaba placeres sexuales. Fue para ella el primer tema que compuso Ernst: “Queso y Ricotta”. La vida iba bien para los Bonaqua, que finalmente gozaban de cierta tranquilidad financiera, hasta aquel fatídico viento Zonda de 1964.

Ernst, como todos los jueves, había ido con “Emma”, su amada cabra, hasta el arroyo. Allí pasaban la tarde entre canciones, besos y arrumacos. Pero aquel día soplaba un Zonda endemoniado. Emma, presa de la tensión, trepó un cerro, y tras una ráfaga furiosa cayó despeñada unos 35 metros y se quebró el cuello. Esto destruyó a Ernst, que decidió dejar a su padre solo y huir a la ciudad a comenzar su carrera solista, que fue un éxito, hasta que Genaro, su padre, falleció y tuvo que volver a “Las Verijas” a hacerse cargo del puesto, en 1987.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Revista Zero. Octubre 2014

La Mendoza que desconocemos. Por @chanchoalado En 1949, Helga “Puddie” Von Heydrich, íntima amiga y confidente de Annelies Marie Frank Hollander, mejor conocida como Ana Frank, subió temerosa por la rampa del vapor “El cornalito ario” acompañada solamente por su baúl y su oveja de felpa, “Paul Joseph”. Tras el final de la guerra, Helga tuvo la misma disyuntiva de muchos de sus amigos, todos ellos entusiastas participantes de “la solución final”, uno de los mayores genocidios de la historia. Sus compañeros, la mayoría jerarcas nazis, optaron por huir como ratas a diversos lugares del globo, tratando de evitar así las serias condenas que les esperaban. Helga tuvo contacto epistolar con Hasso von Manteuffel, su ex-pareja y otrora General der Panzertruppe. Hasso había llegado a suelo sudamericano un par de años antes y se había radicado definitivamente en Las Catitas, usando el nombre falso de Olegario Arenas. Helga recibió una invitación formal para quedarse con él, garantizándole...

Revista Zero. Enero 2014.

    La Mendoza que desconocemos. Por @chanchoalado Los hermanos Adolfo y Belarmino Brüderstrom salieron de la ENET Nro. 1, también conocida como “Pablo Nogués”, con el promedio más alto de su camada. Egresados en 1973 como Técnico Electricista y Técnico Electromecánico, respectivamente, montaron una ferretería en la casa de su abuela Helga Scheidetrockene, en el Barrio Bombal, a la temprana edad de 18 años. Desde los 8 años, Adolfo, amante de la música, había soñado con tocar el piano, su hermano Belarmino se burlaba de él, y eventualmente lo golpeaba, trayéndolo a la dura realidad económica que vivían: huérfanos y criados por su rígida abuela alemana. No tenían los recursos para pagarle a una costosa profesora de piano, ni para asistir a una escuela musical. Belarmino, intentó siempre hacerle entender a su hermano que el futuro era la electricidad, y una formación técnica. Con el tiempo, Adolfo abandonó su idea de aprender a tocar el piano, aunque jamás dejó su pa...

Revista Zero. Febrero 2014.

La Mendoza que desconocemos. Por @chanchoalado Desde pequeño, Gerardo Gámez fue marginado por sus amigos y familiares por una particularidad: la mala suerte lo rondaba. Fue en su primer cumpleaños cuando comenzaron las sospechas sobre su supuesta condición de jettatore, o de “piedra”, luego de que su tío, Ramón Augusto Gámez se inclinara a encender la pequeña vela con forma de Nelson Pedro Chabay, el rustico defensor uruguayo, campeón con huracán en 1973. Ante la alegría inconmensurable de la familia, el tío encendió su encendedor Carusita y súbitamente, su pilosa cabellera y patillas se prendieron fuego. Como una exhalación, el incendio se extendió a las cortinas de drapeé de su madre. Fue un milagro que las 38 personas que estaban esa tarde en la casa de Gerardo se salvaran. A medida que fue creciendo, Gerardo desarrolló un profundo interés por la música. Se pasaba las tardes con su abuela Herminda escuchando la LV10 y tarareando melodías de Camilo Sesto, Juan Bau y Jairo. Na...